2010/03/07

Segundo capítulo de "Los Derrotados": "No busques cartas de amor en mi taquilla" cuarta parte


Habían pasado veinte minutos y yo, todavía sigo aquí, esperando. Claudio custodiaba el baño de las chicas, como yo. ¿A qué esperaría? Sonó el timbre, su ringrineo no me afectó en nada.

No sabía cuál era mi clase, no sabía cuál era mi curso, mis compañeros, yo mismo. ¿Mi nombre? ¿Mi edad? ¿Quién soy? Y aquí sigo, después del timbre, después del tiempo, después de María, después del todo. Ella se acaba de convertir en lo único que sé, en lo único que recuerdo.

Recuerdo haberme sentido así siempre, nunca he sabido cuál es mi puesto, mi lugar. Sólo María era la que sabía su posición, su estado, sus ideas y pensamientos. Ella siempre apartada en una esquina, en su margen, en su paréntesis. Y yo mientras, siendo el centro, el centro de la nada, del mundo que me rodeó hasta mi hundimiento.

Miré el muñeco que simbolizaba zona de chicas. Un redondel, un triángulo y cuatro palos. Asomé la cabeza, no había nadie, pero María seguía allí dentro. Entré despacio y temeroso, nadie se percataba de que estaba o dejaba de estar, ni siquiera María.

Había una puerta con un baño enorme, con aparatos para discapacitados. A partir de ésa, había cinco puertas más, con baños más pequeños. Todas eran verdes, todas de madera, todas con manecillas plateadas. Todas abiertas menos una.

Me adentré más en el pasillo. Miré a mi izquierda, me asusté…de mi propio reflejo. Los lavamanos, como los del baño de los chicos, eran de mármol. Y el espejo, un mar inmenso y uniforme.

La última puerta era la que estaba cerrada. Me acerqué, miré por debajo de la misma que estaba pegada al suelo, aunque dejaba tres centímetros de vista. Miré, y vi unos vaqueros oscuros, una blusa negra y una mano apoyada en el suelo. Esa mano llevaba una pulsera de cuero con pinchos plateados. Esa mano llevaba la pulsera de María.

No me lo pensé dos veces, abrí la puerta y entré con la mano en los ojos. Sentí como la puerta poco a poco se abría, hasta no ceder más. No oí queja alguna, por lo tanto abrí los ojos.

Confirmado: era María la que estaba allí dentro. Estaba sentada en el suelo, con los ojos cerrados y la piel de gallina.  Miré la taza del inodoro… ¡Puag! ¡Había vomitado! Tiré de la cisterna y me giré a ella. Estaba,... creo que estaba dormida.

Me acerqué más a María, tocándole el hombro:


« ¡María, despierta!»

Abrió lentamente los ojos, pero al llegar a la mitad, los volvió a cerrar. Su piel estaba áspera del frío, temblante y descubierta. Me quité el abrigo y se lo puse encima. Me senté a su lado, mientras la miraba fijamente. Ésa era una de las pocas veces en la que la vi tranquila, protegida. Pasé mi brazo por encima de ella y moví su cabeza para que se apoyara en mi hombro. Cerré los ojos por un instante.


Me vino un recuerdo, una marea del pasado: María, sus libros, sus ojos, su pelo. Esa dulce sonrisa como sus piruletas rojas. Esos ojos inocentes y libres de todo mal. Esos dedos tan finos y tan largos siempre metidos entre libros. Esas ideas suyas sobre el mundo y la importancia del medio ambiente.

María no ha sabido amar más allá de lo familiar, por lo que sus amistades no eran completas; sólo su familia y sus gatos eran relevantes. Por mi parte poco he sabido amar, sólo amé en mi vida a una persona que se llamaba… ¿Cómo se llamaba?

Sentí un repentino cansancio, llevaba tres días sin dormir porque andaba buscando a María. La abracé fuertemente, apoyé mi cabeza en la suya y cerré los ojos.


De pronto, sentí un movimiento extraño. María había despertado. Se levantó sin fijarse en mí ni lo más mínimo. Mi chaqueta cayó al suelo junto con el suave movimiento ascendente de María. Yo también decidí levantarme. Me estiré lo más que pude y bostecé a gusto. ¿Y quién me iba a decir que era de mala educación?

María se dirigió al espejo, abrió el grifo y se lavó las manos, la boca y el cuello. Buscó desesperada su maletita de Jack Skeleton y la abrió mirando su contenido.

Apartó los libros, sacó los estuches y buscó uno en concreto. Sacó un estuche rosa fosforito, con dibujitos de arañas negras. Lo abrió y sacó: un lápiz de ojos, unas sombras, un pintalabios rosa palo y una polvera. Creo que hizo magia con esos potingues, ya que se los aplicó en cuestión de segundos, dejándose un aspecto de recién salida de la peluquería.

Oímos una tos seca y algunos golpes. Sabía perfectamente que no había nadie en los pasillos. ¿Entonces? ¿Quién estaba allí fuera?

María se dirigió al espejo, abrió el grifo y se lavó las manos, la boca y el cuello. Buscó desesperada su maletita de Jack Skeleton y la abrió mirando su contenido.
Apartó los libros, sacó los estuches y buscó uno en concreto. Sacó un estuche rosa fosforito, con dibujitos de arañas negras. Lo abrió y sacó: un lápiz de ojos, unas sombras, un pintalabios rosa palo y una polvera. Creo que hizo magia con esos potingues, ya que se los aplicó en cuestión de segundos, dejándose un aspecto de recién salida de la peluquería.
Oímos una tos seca y algunos golpes. Sabía perfectamente que no había nadie en los pasillos. ¿Entonces? ¿Quién estaba allí fuera?

María metió corriendo todas sus cosas en la maleta, cogió la carpeta y salió del baño. Pudo ver de quién era esa tos… Era de Héctor, el más popular del instituto. Estaba rojo como un tomate y se estaba agarrando la garganta. «¿Se estará ahogando?»

María se acercó corriendo como una de las vigilantes de la playa. Ahora que me fijo, luce más, más, más… ¿femenina? Soltó la carpeta en el banco. Héctor se tiró al suelo, pues no recibía suficiente oxígeno. María levantó la pierna y apretó el pecho de Héctor. Soltó la última tos…

… y el chicle salió disparado. Héctor jadeó. Estaba asustado, y no era para menos. María se arrodilló a su lado y cogió el primer folio que vio cerca. Le abanicó hasta que él fue capaz de incorporarse. Un poquito más tarde, cuando Héctor estaba totalmente recuperado, dijo:

-¡Ohh, Dios! ¡Gracias!

- De nada, ¿estás bien?

- Oye, ¿tú no tenías clase?

- ¿Eh? -ese gesto de duda, se alargó un poquito más de lo normal- No...

- Nosotros estábamos en Francés


- Corrijo, en recuperación de Francés

- ¡¿No tienes ninguna recuperación?!- No sé si era una pregunta, una exclamación o una ironía.


- La verdad es que no; por eso le pedí permiso a la profesora de Francés, para quedarme aquí recogiendo las cosas de mi taquilla.

- ¡Ah! Yo acabo de terminarlo


María se levantó y se sentó en el banco más próximo, junto a su carpeta. Sacó su iPod y puso Friday I’m in love de The Cure. La canción suave y relajada sonaba a un volumen casi inaudible para cualquier persona humana.

Héctor se sentó a la derecha de María. Me da la sensación de que quiere decirle algo:

-¿Qué oyes?- cogió uno de los auriculares blancos de ella y se lo puso – Me encanta está canción de The Cure, aunque sea muy repetitiva.

«¡Mentira! ¡Era una farsa!»

-¿En serio?- dijo María amablemente pero sin una nota de interés. Por lo menos, no como el de Clara

- Sí. ¡Ah! ¡Emm…!- exclamo tímidamente Héctor- ¿Qué harás está tarde?

- No sé, supongo que empezar a prepararme para el veranito

- ¿Comprarte más libros?

- Sí, y crema solar

Comenzaron a reír a coro.

- ¿Vas a salir por la tarde?- «¡Pídele la cita ya!» Se veía de lejos. María se rió de algo.

- Ya te lo he dicho, voy a comprar libros y crema solar.

- Emm, sí. Pero me refería a que si ibas sola o con alguien.

- Sí, voy sola

- ¿Clara no va contigo?

- No, porque acabaría volviéndome loca con sus chismes.

- No te llevas con ella- Eso no era una pregunta

- Ella tampoco se lleva conmigo, sólo que ella no me lo dice.

- Emm, ¿Irás al cine?

- ¿Adónde quieres llegar?- «Ésa es mi María, avispada como ninguna» Esto asustó a Héctor haciéndole ser más tímido aún.

- Es que... Sé que te gusta el cine y, bueno, pensaba que tú y yo…

«Termina la frase» dije furioso


- ¿Quieres que vaya al cine contigo?- dijo María


- Sí

-¿Qué película es?

- El retrato de Dorian Gray

- ¿Qué hora?

- La peli es a las diez, pero te iré a buscar a las siete. Bueno, si quieres.

- ¿Para qué quieres que vayamos tres hora antes?

- ¡Ohh! Para dar un paseo previo. Si quieres vamos antes y te acompaño a comprar los libros.

- Y... ¿A qué vino lo de invitarme al cine?

- Javier tiene que estudiar para mañana y no puede ir. Casi nadie puede ir. Y tú, bueno, te gusta ese tipo de pelis

- Es decir, que como no va nadie, tengo que ir yo.

- Si no quieres ir lo dices. No te voy a obligar

- Mmm, iré si te dejas invitar a una pizza después del cine

- ¿Te voy a buscar antes para que puedas comprar lo que necesites?

- No, ya iré otro día

- ¿Entonces te recojo a las siete?

-Pues a las siete, entonces- María sonrió levemente

Y así se pasaron todo el resto de la hora, hablando y hablando, sin miedo a que alguien piense que están saliendo.

3 comentarios:

Betsaida dijo...

bien Désirée, mucho diálogo,ínformación y alguna que otra risitaaa!!

Nerea dijo...

Me encantaaa!! quiero mas capítulos yaaa ja ja

S A B R I N A ~ dijo...

Hermoso tu blog!!
Cuestion de tiempo, confianza, mentiras.. Qué opinas??
Chusmea mi blog!!
Suerte que estes bien :)