2010/07/25

Tercer capítulo de "Los Derrotados": "Asfaltando charcos de barro" cuarta parte

Después de cinco minutos de búsqueda, sonó el teléfono. Se acercó al fijo. Encima de él, Sara había dejado una lista con los números que no debía coger y los números de emergencia. Él que llamaba no estaba en ninguna de las dos listas. Barajó la hipótesis de no cogerlo, pero la curiosidad es más fuerte.


- ¿Diga?

- Hola, soy Clara. ¿Qué tal?, ¿dónde estuviste durante el recreo?, ¿qué te paso?, ¿dónde estás?- ¡Cómo se notaba que era ella! De fondo se oía canciones de Reggatón excesivamente empalagosas.

- Estoy bien, en el recreo estuve ocupada, no me paso nada y estoy aquí (sino no te hubiera cogido el teléfono)- Lógica pura

- Estamos preparando una fiesta de pijamas super guapa- María puso cara de "y a mí qué me importa tu vida"

- ¡Ahh! - contestó por decir algo

- ¿Quieres venir? Va a venir gente guay.

- No puedo, he quedado y...

- ¿Y... qué?

- Se supone que nos llevamos mal. ¿No te acuerdas? Cada una por su lado

- ¡Ohh! Pero eso ya paso, vente te lo pasaras bien

- ¿Cómo?, ¿pintándome las uñas de rosa?, ¿dándome la cera?, ¿oyendo Reggetón?, ¿o lamiendo un poster de Brat Pit?

«¿Eso hacen las chica en las fiestas?, ¿lamer cartón no es tóxico?» Nadie me hizo caso, como siempre, para que no pierda la costumbre.

- ¡Es divertido! - dijo Clara

- He quedado

- ¿Con quién?

- Con alguien

- ¡Agg, que te diviertas con los frikis como tú!

- ¡Qué te siente mal el refresco, que te llenen la casa de botellas de cerveza y que te la llenen de salidos! ¡Petarda!

Siguientemente colgó. En esos juegos de palabras siempre gana María, le viene de familia. Clara y María se llevaban mal por narices, cuando la primera se entero de que los chicos "guays" se fijaban en la segunda, se pegó a ella como una lapa para quedarse las sobras -es decir todos-.  Ahí sigue. El teléfono volvió a sonar, Clara otra vez.

- ¡Qué siga llamando!

Se fue a su habitación y comenzó a sacar lo que tenía en su maleta esparciéndolas en el escritorio. Entre el jardín, la casa y las cosas rotas tendría entretenimiento para todo el verano.  Abrió la carpeta y recopiló los papeles y apuntes que no necesitaba.


Fue a la cocina, abrió un cajón, sacó una bolsa y metió los papeles. Ya lo tirará más tarde. Volvió a la habitación. Cogió los lápices y los colocó en orden en su caja. Apuntó los títulos de los libros de lectura que habían deshojado y rallado en una libretita, para encargarlos en su librería de confianza.


En Arucas, la ciudad (no es como Madrid, ni Barcelona. Si nunca has ido, es del tamaño de un pueblo) que María se sabe de memoria, solo hay tres librería que yo sepa. Una nunca ha ido, otra su madre le tiene manía y la última, a la que va siempre, el vendedor se sabe su número de teléfono, nombre y curso. Es un placer ir a esa librería, el colegio encarga a esa que adelante los libros para que no halla la típica escura -No lo encuentro, lo tengo en cargado, está agotado-, el vendedor siempre reserva uno para ella. Incluso los libros del curso. Una vez le regalo un lápiz (de esos alemanes que tienen pintitas en la parte donde se sujeta, dicen que relaja) y un fluorescente verde, el libro no, pero bueno.

El vendedor se hará de oro con el pequeño accidente. María comenzó a hacer números. Un libro de veinticinco euros. «¡Qué caro!» Tres de doce euros. Tres pinturas para rumbre, una negra para las verjas, una roja, otra amarilla y una blanca para el remo, el tobogán, el balancín y el "pato-muelle". 

Después pensó en el jardín, salió de la casa y se metió en el trastero. Comprobó que el corta césped funcionaba, estaba OK. Cogió la tijera, estropeada, la apunto en la lista. La pala, servible. La regadera, sucia, la lavó en la pileta. Comprobó la fecha de caducidad del abono -o guano como se dice aquí- y de la turba, apuntó una bolsa de cada una en la lista. Encontró tres libros sobre plantas y flores, mejor así podrá cuidarlas bien.

Salió al jardín, apuntó semillas de césped por si no salía cuando lo cortará. Sacó con ayuda de la pala la batata de la cala, la apretó y se hizo ciscos, apuntó una batata de cala en la lista. Los rosales estaban todos tirados al suelo, como si rezarán a la meca, apuntó en la lista: comprar rosa amarilla, roja aterciopelada, naranja y la española (sus colores imitan la bandera española, roja por fuera y amarilla en el centro). Las esterlicias tenían las hojas arrugadas y la planta de color amarillo, apuntó comprarla en la floristería ya preparada aunque también podía plantar semillas. Las azucenas cambiaron su color blanco puro a amarillo limón, comprar nacida. Los gladiolos lilas también los apuntó para comprar. La vid estaba enredada en la pared de la caceta, se lo pensó un instante. Era necesario quitarla, miró una enredadera que estaba colgada, tenía dos hijos que le estaba succionado la poca agua que recibía de las lluvias. Aún así estaba enorme, demasiado grande para estar colgada. La sustituiría por la vid y pondría uno de los hijos en ese sitio.
«¿Y el otro?»

- Quizás la florista me la compre.

«¿Eso es legal?»

- Si no me la compra, se la regalo a la abuela de Clara, creo que la suya se marchito.

Se acordó de que el asiento del "pato-muelle" era verde y que las cadenas de el remo son plateadas. También tenía que comprar Coca-cola, porque quita el óxido, por si acaso, también compraría algo para quitar el óxido y algo para quitar la pintura.


Hizo un recuento: cuatro libros, tres cacharos de pintura y dos botes de pintura, una tijera, abono y tuba y ocho plantas diferentes. En total mucho dinero.


Entró en casa. Pegó la lista en la nevera. Sentía como la tristeza se apoderaba de ella, tan de repente, tan rápido, tan sola. Se metió en su habitación. Quizás terminando de arreglar sus cosas se sentiría mejor. Las gomas y los carboncillos se deshacían en sus manos, en realidad era su imaginación la que lo hacía. 

Dejó los carboncillos caer en la mesa, dejó que la mancharan, dejó que la madera se ennegreciera. Algo la llamaba, algo más importante que todo lo que en su mesa yacía. Sus manos se lanzaron a la caza de su carpeta, de la inmensa carpeta de Victoria Frances. Los elásticos se chocaron con una fuerza descomunal sobre el cartón.

En su interior, lo único que no había sacado. El terrífico dibujo que atormentaba su mente. Yo sigo sin entenderlo, ¿qué hay de malo en un simple dibujo?

Lo más peligroso de una obra -tanto pictórica, musical o escrita- es lo que guarda detrás. ¿En qué pensaría Velázquez cuando pintó Las Meninas?, ¿y Homero cuando narró la Odisea y la Ilíada?, ¿y cuándo comenzó Bruckner su sinfonía número siete en Mi menor que no terminó? Y ella, ¿qué la llevó a dibujar la espuma del mar con el carboncillo? Ella cuanto más lo piensa, lee más, escucha más música y visita más cibermuseos.
Lo observé más detenidamente. Una piedra bastante llana en el centro. Con una perspectiva frontal, bañada de una marea revuelta, pitada, rebelde. Y dos dedos finos y largos sosteniéndose levemente en la roca. Todos los detalles perfectamente destacados con sus intensidades y matices muy marcadas. Perfectamente detalladas las arrugas de los dedos que llevan bastante tiempo en el agua. ¿Será un recuerdo?
María miró la hora. Eran tan solo las cinco menos cuarto. Puso el despertador a las siete, aunque no pretendía dormir. Abrió el primer cajón de su escritorio -tenía tres cajones-  y sacó cinta adhesiva. Con en el celo en una mano y el dibujo en otra se acercó a su armario blanco. Lentamente corrió la puerta.
Su respiración torno excesivamente profunda, como si quisiera expulsar un mal de su cuerpo. Adentró una pierna, agachó la espalda, se sentó en el suelo en el interior del armario e introdujo la otra pierna. En circunstancias normales cerraría la puerta, pero no había nadie en la casa. El silencio consumía las paredes.
Me acerqué y me metí en el rincón esquivando sus largas piernas. Me senté justo enfrente de ella, enredando mis piernas en los huecos que dejaban las suyas.

Se sentía sola, vacía, deshecha. Muchas veces me he sentido yo así. La verdad, no es muy agradable y menos cuando los que te rodean solo hacen sentirte peor.

Miles de dibujo en carboncillo rodeaban el pequeño rincón. Me fijé en la hilera de imágenes que seguí a la que está colocando ella. El primero aparecían dos manos sujetándose vagamente, poco a poco, en una secuencia de siete láminas las manos se van resbalando de la piedra, hasta acabar sujetándose con solamente dos dedos. María soltó un suspiro audible en kilómetros. Acogió un cojín azul que estaba a nuestro lado y se lo acercó a la boca. Pegó un alarido y lo volvió a colocar en el suelo.


Desde que Jonathan se había ido las cosas habían cambiado, no era la misma, bajaba la cabeza fuera a donde fuera, sin importarle quién fuese y por qué. Quizás se estaba volviendo loca o simplemente estaba baja de energías, no lo sabía, tampoco es que fuera importante. Quería volver a ser la misma, poder levantar la voz y decir lo que pensaba. Entonces su visión torno borrosa y sin color.

2 comentarios:

Mont. J dijo...

Bueno, bueno... ¬¬ sigues teniendo problemillas con lo del abuso de comas y puntos xDD

"Los rosales estaban todos tirados al suelo"---> EN el suelo e.e

Deberías repasar los fallos porque algunos son importantes, no te lo digo a malas, ya lo sabes (y ni pienses que te los voy a poner en una lista xDD que me paso aquí media vida -exageración mía-).

Por eso muchas veces paso de coger el teléfono... para que me llame una tía como Clara ¬¬

Repites algunas palabras en un mismo párrafo. Y al igual que en otras partes faltan palabras o por las tildes, no tiene el mismo sentido que se espera.

Jonathan, jonathan... ¿Qué habrá ocurrido con el hermano?:O

^^ Esperaremos el comienzo del capítulo 4.

Betsaida!¡ dijo...

k rapido la verdad no lo esperaba!!
kien es ese ser misterioso(narrador) k siempre acompaña a María...?¿
y k le habra pasado a jonathan?
sigue asi Désirée