2011/10/05

Cuarto capítulo de "Los Derrotados": "Odio tus ojos de corderito degollado" cuarta parte


La película comenzaba con el asesinato de Basil, uno de los amigos de Dorian Grey, por él mismo. Posteriormente la escena saltaba directamente al principio de la historia. En sí misma era una forma interesante y sencilla de adaptar la historia a nuestra época y mentalidad. María sentía que era una curiosa forma de interpretarla, resultaba más atractiva que la novela original -y en inglés- que se había leído; era eso o el guapísimo actor protagonista que tanto le gustaba, apuesto por lo segundo.


Para cuando me di cuenta una escena extrañamente erótica se había expandido por toda la pantalla dejando ver diversos asuntos con todo lujo de detalles. La verdad es que la escena era muy agradable de ver, y por lo que parecía no solo yo pienso así. Héctor se removía en su asiento sin saber qué hacer, eso María lo notaba y temía. Algo me hizo mirar el finísimo muslo de ella. De repente Héctor hizo lo que le dictaba el cerebro chico. Su mano se elevó ligera y temblorosamente hacía el posa-vasos, y la apoyó.

Héctor los miró fijamente. Entonces su brazo se deslizó y se apoyó en uno de ellos. María se sobresaltó y yo ardí en furias. De repente algo invisible atrapó la mano de Héctor con gran furia y la soltó lejos del espacio vital de María. Él alzó la cabeza con mirada de temor fija en ella. Ella con la mirada baja y amenazante, enarcó la ceja derecha dejando bastante claro su desagrado. Nos volvimos a ver la película, aunque no dejó de ser uno de los momento más incómodos de la vida de Héctor.

No está muy acostumbrado a los rechazos y asumió que ella era una virgen muy estrecha o una tía rara que no se ha fijado en él o quizás una lesbiana muy femenina. Pensó que para entrarla debía ser un poco más delicado. María era una chica que no consideraba relevante las relaciones humanas y menos con un chulo de playa que se recreaba en su lista de ligues. Si alguna vez ella tuviera algo con un chico, tendría que unirles algo más que compartir clase, seguramente sería un batería de rock duro, adicto a los dulces y buen cocinero. Pero, por si acaso, tenía como plan B un futuro compañero de universidad, con una familia muy cariñosa y un gran sentido del humor. Tampoco descartaba un actor de cine de terror o de drama con una seductora mirada y timidez oculta.

Por fin la película terminó, es una pena que la estupidez del injerto de seba marina que tenía por cerebro Héctor no se centrase en la palícula. Dejando de lado ese desafortunado accidente, pude entender ligueramente qué es lo que realmente ve María en las películas de este tipo de terror. No es relevante la atrocidad de los actos, no se ve como se mata a una persona de manera descomunal, ni como se viola, ni como se persigue a una persona. Aparentemente no tiene nada de real y nada de terrorífico, la verdadera razón de ser de estas novelas es el pensamiento de estos seres atormentados por su errores, tormentos comunes a los seres humanos pero expresados de otra manera, casi siempre el miedo a la muerte que se expresa como un miedo por no morir y ver como mueren todos los demás a tu alrededor por tu culpa.


Los tres bichos que había en la sala y nosotros nos levantamos. De repente el piersing que María tenía en el labio empezó a escocer, sintió como si algo chorreara por la barbilla, instintivamente se lo tocó y miró los dedos. Tenía sangre.
Salimos de la sala. Después de mucho tiempo Héctor dirigió la mirada a María con una aparente vergüenza. Al ver la sangre del piersing de ella la miró con preocupación y cierto asco

- Tienes sangre en el labio


- Sí eso es lo que estaba mirando, - hizo una pausa y pensó- voy al baño, ¿dónde está?

Héctor le señaló el baño. Al entrar en el se percató que la decoración excesivamente rústica que tenía, no pegaba mucho con un cine; aún así bastante bonita. En frente suya estaba el espejo, se miró fijamente los ojos, el maquillaje se había corrido ligueramente por una sutil sudoración que se le había escapado en el intenso final, que nada tenía que ver con el libro, bueno sí, pero no las circunstancias. Luego se fijó en el piersing que sangraba.

Salvó las manos insistentemente y procedió a quitarse el aro. Escocía de una manera descomunal, además el aro era de los que costaba quitar. Lo movió de a adelante para atrás suavemente intentando que se despegara de la piel para poder quitarlo mejor. Era tal el sufrimiento que le producía que no pudo evitar propinar algunos chirridos con los dientes, expresiones de escalofrío y aullidos de dolor.


Con mucha paciencia consiguió quitárselo, aunque chorreo tanta sangre que salpicó en el lavamanos. Lavó insistentemente el piersing para ver qué le había hecho tener esa reacción en su piel. Lo observó detenidamente y concluyó que el joyero le había estafado, el piersing tenía una zona bastante ennegrecida por la acción de la sangre. María concluyó que tenía politetrafluoroetileno, que en cristiano sería teflón algo a lo que es alérgica si es expuesta demasiado tiempo y con contacto sanguíneo.

Lo que más le molesto no fue el que le haya hecho una herida, sino que pagó bastante caro porque era de plata de primera ley. Ahora tenía la garantía, el ticket y las intenciones de recuperar su dinero.

El escozor de la herida iba en aumento y no tenía ni idea de cómo pararla. Cerca de ella había un expendedor de papel higiénico -ese papel casi plástico que resultaba molesto en algunas zonas de tu cuerpo, pero lo suficientemente barato como para ponerlo en un baño público-. Mientras se sujetaba la llaga con la mano izquierda, fue aproximando la otra mano al expendedor.

De repente, la luz empezó a parpadear como en las películas de terror antiguas -las verdaderamente antiguas, no las de la época “sangre-sexo”-. Miré fijamente a la luz y después de unos seis o siete parpadeos intensos el bombillo estalló.

Sorprendido miré a María con los ojos inmersos en su mano derecha, había tocado sin querer el enchufe que estaba debajo del expendedor. Pero eso no era lo que le sorprendía, no daba crédito a lo que había pasado. ¿Cómo podía haber tocado el enchufe y no haber muerto en el acto?


Finalmente se percató de que la herida ya no le incordiaba, se lavó la barbilla y observó cómo había dejado de sangra. Concluyó la visita al baño con un retoque de pelos y maquillaje.


Al salir vio a Héctor apoyado en una esquina de la manera más incomoda del mundo, con la parte alta de la espalda apoyada a la pared y la pierna derecha flexionada y apoyada de tal manera que el lumbago se convirtiera en una de las múltiples lesiones en potencia que padecerá de adulto, ya que seguro que a los veinte se acordará de esas estúpidas poses de tío-sexy-cachas que, en realidad, le asemejaba más con un extraño contorsionista.

Después de tanto jaleo y boberías, nos fuimos a comer (en realidad, se fueron a comer). Entramos a un restaurante tan o más apiñado que los baños de señoras en los bailes de los pensionistas. Cogieron la primera mesa libre que vieron, una con tres silla, ¡y milagro que se acordaron de mí! Mientras María miraba al camarero que correteaba por todas las mesas menos por la nuestra. Héctor intentaba recordar algunas de las “mariconadas” que los escritores de poemas decían a sus chicas: que si eres como una rosa, que si eres una paloma; todo menos lo que yo diría sin duda. Parece que lo de buscar intereses comunes es demasiado largo para la noche.

Con un par de vueltas al rosario, el camarero decidió -por sugerencia del dueño y encargado de la barra- acercarse a nosotros, más que nada para que no nos fuéramos, porque la cara de fatiga que yo tenía no solo era tan invisible. ¡Oh, soledad, soledad! ¿Por qué tienes un nombre tan bonito si eres algo tan triste?

- ¿Qué desean?- Camarero

‹‹ Un apartamento en Las Vegas...››

- Buenas tardes- dijo María con una directa y nada suave voz incómoda.

- Quiero una coca-cola y una hamburguesa con extra de queso,- dijo Héctor mientras miraba la carta, luego miró a María- ¿y tú?

- Papas fritas y una coca-cola.

Dijo con los brazos cruzados, con la mirada fija en Héctor, con la ceja alzada y la pierna izquierda encima de la derecha con un movimiento tan nervioso que se asemejaba a un irritante tic. En realidad significaba ganas intensas y casi subconscientes de salir corriendo y dejar la magnífica velada para otro día y otra tía. En ese mismo instante se lo planteaba y replanteaba, ¿cómo se puede ver el romanticismo en este chico?, admitía y coincido con ella que Héctor es un buen muchacho pero hay cosas que le pierden. Aún así, y en lo que no estoy de acuerdo con ella, es que todas las personas tenemos algún desliz que otro, y el que diga lo contraría es porque lo disimula tan bien que ni él mismo se da cuenta.

Después de una estupenda, suculenta y grasienta cena, llego ese momento tan incomodo que te toca tener con la cuenta y el que paga. María tenía más que claro que él no iba sobrado de pelas, aunque tenía la mala costumbre de presumir de zapatillas de ensueño y camisa de repisa, cuando en realidad debería gastar en libro y material (como el aquí presente, que quería un súper-mini-portátil y se tuvo que aguantar con lo puesto).

- ¿Mitad y mitad?- Propuso Héctor un poco apurado

- Yo te invite a comer, ¡recuerdas! Además…, creo que te invite a una pizza. De todas maneras las entradas las pagaste tú y la gasolina de coche. ¡Y las deudas traen mala suerte!
- Bueno, vale.


‹‹ ¡Qué rápido le convenció! ››

- Bueno, – miró el reloj- creo que deberíamos ir a otro sitio porque ahora se junta todos los mata ‘os y nos pueden joder la tarde.

- ¿Y a dónde vamos?

- Es una sorpresa- dijo Héctor con una sonrisa que pretendía ser pícara y acabo siendo algo licenciosa.

- Odio las sorpresas

Ella dejo caer sutilmente que se estaba intuyendo algo, temía ir a algún callejón a drogarse o matar algún carnero y quemarlo como ofrenda a los dioses de yo qué sé qué mundo ni que cosas, o aún peor, ir a una discoteca a bailar reggaetón romántico. María casi se vomita de solo pensarlo.

Después de un cuarto de hora andando fueron a una especie de edificio cutre donde Héctor decía que se hospedaba un buen amigo suyo y ahora está en Inglaterra de Erasmus. Entramos por la puerta y nada más abrirla nos encontramos con un minúsculo salón con una tele del siglo de las luces y una diminuta cocina bastante temeraria.

María dejó su chaqueta y su bolso en una banqueta de la barra de la cocina. Siguientemente, ella buscó los ojos de Héctor pero estaban puestos en el suelo.

- ¿Qué mira?

- Nada, solo es que me siento un poco raro.
- ¿Estás bien?- María puso una cara de preocupación poco común en ella- Tienes mal gesto

- Creía que se decía mala cara

- Sí, pero esa expresión ya está muy usada.

Estuvieron hablando y hablando y hablando, hasta que Héctor no supo que seguir diciendo, por desgracia para María. Él le enseñó el resto de la casa, un minúsculo baño, una minúscula terraza y, por último un minúsculo dormitorio con una inmensa cama.

Parecía que el inquilino sólo había gastado en la inmensa cama, no había una distribución lógica de las cosas, sin plantas sin cuadros. Todo caótico, todo gris, todo triste. A María le producía un mal aura, un no sé qué poco agradable.


Entraron en el dormitorio, mientras yo me quede fuera. Siempre he sabido de la mala fama de Héctor pero nunca creí que ella callera en estos enredos. En mi cabeza no cabe que esta niñita recién sacada de la guardería sea tan retorcida, no lo creo, no lo es. Él cerró la puerta a la mitad. Sabía que iba a oír lo que pasaría. La verdad es que no lo entiendo. María es demasiado lista para estar con este y en este momento.

Pero no la culpo, es una adolescente que, aunque tenga cabeza, también tiene hormonas. Es posible que sea su forma de desahogarse, la desaparición de su hermano, la dejadez de su madre, el abandono de su padre y el simple sufrimiento de estar vivo es un pesar enorme para una cría de catorce años. Pero es solo eso una cría de catorce años.


Me sentía culpable y triste, como si no la hubiese defendido de su dolor y ahora no tuviera nada que hacer. Aunque en realidad era eso exactamente lo que estaba pasando. Me apoyé en la pared por el lado izquierdo de la puerta y pude ver una especie de espejo de cuerpo entero de estos que conservan las abuelitas en sus casas junto con la cubertería de té.

Vi a María de espalda y a Héctor en frente suya. Él la miró fijamente y le dijo “Siempre me has interesado, eres guapa y muy madura para tu edad. Por eso... bueno”. Siguientemente la cogió de la cintura y la beso en los labios. Sentía un odio repulsivo por este idiota pero ahora, ahora es que me dan ganas de matarlo.
María le apartó de un empujón y después, y admito no haberla visto venir, un guantazo como un día de fiesta fue a parar a la “linda” cara del idiota de Héctor.  Sin mediar palabra salió del dormitorio con furia, cogió sus cosas y salió por la puerta. Yo corrí detrás de ella como alma que lleva el viento. Feliz de haber visto a Héctor caer de patas al suelo, y más feliz aún de verlo decidida que es María.

Bajó las escaleras con muchísima rabia, saltando los escalones y haciendo el mayor ruido posible, mientras se ponía la chaqueta y su bolso. Sacó su Ipod y puso la canción Pain de Three Days Grace y, dejándose llevar por la música, siguió hacía una parada de auto bus. Observó que tendría que coger nada más y nada menos que tres guaguas, y que acababa de pasar una. Tendría que esperar una hora entera.

Después de un par de minutos de guardar formalidades estando de pie y soportar el frío infernal y la oscuridad, decidió sentarse en el mismísimo suelo y poner a todo volumen la canción que llevaba escuchando durante todo este tiempo.

A cada momento la letra cobraba más sentido. Le hacía pensar en lo doloroso que es el amor y las estúpidas ganas de la gente de llevarse por ello. Nunca lo comprendió, el amor era una de las múltiples hipocresías que las sociedades medievales nos han dejado como consuelo por perder la humanidad. Sí, entre más ames menos humano eres, y entre más quieras amar más ñoño te vuelves. Ella estaba harta de tanta telenovela y tanto dramón. Por eso dice, y sin ninguna duda, que el amor no existe ni existió, solo es una forma más de controlarnos como la ropa o la delgadez, mentiras que solo los que ven demasiado la tele se la creen. Por desgracia para ella y para mí, el Ipod se quedó sin batería y el resto de la espera fue la más larga de nuestras vidas.

El primer bus, iba al Hoyo en la capital. Estaba llena de niños y con sus padres. Algunos celebraban el cumpleaños de su compañero de clase y uno los cumplía. Felices canturreaban, saltaban, chillaban y armaban alboroto. María siguió su camino hasta el final del bus – ¡y qué remedio!-, aunque el chofer arrancó antes de que ella se sentara.


El segundo – de Las Palmas de Gran Canaria a Arucas- estaba repleto de viejillas que seguramente fueron a hacerse alguna revisión médica. Y finalmente Arucas-Firgas, que iba vacía, la dejó en casa.


Nada más llegar a su oscura y tenue casa, el arrepentimiento de haber salido con Héctor la sumía en un estado inestable de inestabilidad estática.  Sumida en sus pensamientos se adentro en el jardín que gritaba ayuda y pronto. Abrió la puerta y se encontró con Neechee recostado panza arriba en el sofá con un periódico como manta. El gato lleno de ira maulló fuertemente sin levantarse de su sitio.


- Siento haber llegado tarde, tuve que coger tres guaguas.

El minino se tuvo que desposicionar del cómodo hoyo que con tanto esmero había creado en la almohada de la cama de María. Ella soltó el bolso y lo dejó a los pies de la cama.


El minúsculo gatito se enrollaba grácilmente entre las páginas de la nueva antigualla que, como si de una droga se tratase, compró. Rebuscó por todas las librerías de la zona, de la isla, del archipiélago. Temía no encontrarlo, temía no poder leerlo, oler sus páginas, palpar su aterciopelada y dura solapa, y hundirse perdiéndose en las palabras de su nuevo libro antiguo. No lo había leído, ¡aún!, pero el saber que el romanticismo de un joven Víctor Hugo le traería los personajes más miserables de la Francia de la época, la condujo a negociar con un inculto –o un chico con graves problemas financieros- que vendió un libro tan antiguo –tenía más años que su abuela- por sólo 10 míseros euros.

Cogió el libro con delicadeza, con sus finos y lánguidos dedos, guardándolo en un lugar seguro lejos de gatos negros adolescentes. Mientras lo quitaba el gato puso sus diminutas patitas para agarrarlo.

‹‹ Quizás quiere leérselo›› dije

-Es imposible, la vista de los gatos no les permite ver las letras

‹‹ ¡Ah! No lo sabía, pero seguro que quiere imitarte ››

Se rió dulcemente, después una mueca de duda cubrió su cara


-¿Eh?- miró para todos lados, luego se dirigió al gatito- ¿Con quién estaba hablando yo?- lo atiborró a cosquillas- ¿sería contigo, Neech?

Lo cogió por el vientre, se acostó en la cama encima de la colcha y colocándoselo en el pecho lo acarició con muchísima apatía. “Desearía ser gato” se dijo a sí misma.

Me acerqué a la radio y la encendí, esta estampa era demasiado triste, quizás con música las cosas se suavicen. Empezó a sonar Monster de Skillet, ella también se sentía así, como un monstro que no encajaba ni siquiera en sí misma.


Entonces, después de una pequeña siesta de cuatro horas, el despertador sonó. El último y más temible día de clase había comenzado.

2 comentarios:

Lucia dijo...

Oh dios, no sabes lo que he estado esperando este episodio jajaja, lo necesitaba, se que es mucho pedir pero por favor escribe escribe y escribe, estoy completamente enganchada a tooooda la historia.
No pares de escribir, de verdad.
Un beso muy fuerte.

Betsi dijo...

sii por fin! jejee me encantó esta parte sobre todo el realismo que le pusiste al piercing tanto que hasta me estremeció pero aun así esta parte toda en su conjunto está muy bien escrita y me gustó bastante ya sabes nunca dejes de escribir porque te lo estaré muy agradecida xaauu